• Sandra Solís

Su nombre en nuestra piel



Lilo. Así lo llamó Lucía de chiquitina. No sabía decir abuelo, ni abuelito, ni Lito. "Lilo", soltó un día. Y Lilo le quedó. A papá le encantaba, se le hacía la boca agua cuando su nieta pronunciaba ese nombre, creado por ella solo para él. Henchido de orgullo, colmado de amor. Así se sentía. Ese nombre venía a simbolizar el vínculo tan profundo que se estableció entre ambos desde que Lu nació, en octubre de 2002. Sentían auténtica devoción el uno por el otro, una complicidad y un cariño tal que los demás quedábamos absolutamente al margen.


-Cuando cumpla 18 años me voy a hacer un tatuaje-, le dijo un día su nieta.

-¡Ni se te ocurra! No me gustan los tatuajes. ¡Nada!-respondió él.

-¿Sabes lo que me voy a tatuar? Tu nombre. Así en pequeñito, con letra cursiva. Aquí-, le explicaba ella ignorando su resistencia.

-¡Ah, bueno! Si es mi nombre...-, admitía él evitando la confrontación, algo que con ella le resultaba casi imposible.


A finales de octubre Lu cumplió la mayoría de edad pero papá no vivió para verlo. Él nos dejó el 5 de mayo. Sin embargo, su nieta no había olvidado su promesa. "No me gustan los tatuajes de nombres, nunca me han gustado. No me volveré a poner el de nadie más. Pero Lilo es especial, es Lilo, mamá. Es un nombre que sólo era de él, un nombre que yo le puse y que a él le enorgullecía. Y como he querido a Lilo nunca querré a nadie más. Quiero recordarlo siempre. Es el regalo que pido para mi cumpleaños, el que más ilusión me hace", me dijo. Ya lo teníamos hablado. Ella estaba esperando este momento como agua de mayo.

Vanessa sugirió ir más allá. "Yo también me lo haré. ¿Por qué no lo hacemos las tres?", planteó. A mamá ni la tuvimos en cuenta, aunque se lo llegamos a sugerir. "¡Estáis locas! ¡Lo que me faltaba! ¡Un tatuaje! ¡Ni lo soñéis! Yo a vuestro padre lo llevo en el corazón".

Yo me lo pensé muchísimo. Primero porque no me gustan los tatuajes y segundo porque soy la mujer más quejica del mundo, mi tolerancia al dolor es cero. Pero me apetecía. Me hacía ilusión crear ese vínculo entre las tres, esa especie de hermandad sellada con tinta, y que mi piel me susurrara ese nombre tan secreto y tan especial de mi padre, el hombre al que más he querido y que quiso a mi hija con tanto fervor.


Lilo y Lu


Pedí cita en @coronatatoooviedo, al ladito de la tienda, en la calle Marqués de Gastañaga, para hacernos el tatuaje justo el fin de semana que Lu vino de visita desde Madrid para celebrar su mayoría de edad. Ella, mucho más fuerte y resistente al dolor que yo, iba feliz al encuentro con la aguja. Yo, cagada. De hecho, aún no tenía muy claro si lo haría o no. Vane tenía que atender la tienda y quedó en hacerlo otro día. Lucía escogió el antebrazo para lucir su "Lilo". Pelayo, un chico majísimo y con muy buen pulso, le hizo un trazo rápido y limpio. Yo, que esperaba afuera con Carol, una amiga de Lu, no tomé la decisión hasta que salió mi hija y me tranquilizó. "No duele nada, mamá, y fue rapidísimo", informó.


-¡Venga! ¡Qué narices! ¡Me lo hago!-, decidí sobre la marcha.


Pelayo me sugirió grabar el nombre en la cara lateral externa del brazo, a la altura de la muñeca.


-Me gusta. Hazlo ahí pues-, le indiqué al dibujante.



Durante el proceso, me explicó todo lo que estaba haciendo, cómo preparaba los instrumentos necesarios y cómo había empezado en ese mundillo. Confesó que él también tenía pánico al dolor y que cada vez que se hacía un tatuaje (estaba lleno) se decía que ese sería el último. "Pero vuelvo a caer", me contó entre risas. Ciertamente, mi tatoo no dolió, apenas un cosquilleo, y Pelayo lo hizo en un pis pas. Salí orgullosa y feliz al encuentro con Lu. "¡Mira cariño!", le mostré sonriente. Vanessa pidió cita para la semana siguiente y optó por tatuar el nombre de papá en la cara interna de la muñeca. "Yo quiero verlo continuamente", reconoció. Alba fue su dibujante


Mi tatuaje recién hecho.

Vanessa en manos de Alba.

Es nuestro homenaje. A pesar de que a papá no le gustaban los tatuajes, para nosotras es importante esta especie de entrega, esta cesión de una parte de nuestro cuerpo para recordarle, esta hermandad de mujeres que lo amaron. A partir de ahora será para siempre. Lilo. Su nombre en nuestra piel.



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