• Sandra Solís

LaNa Vidad de El antiguo Iriarte

Estrenamos decoración navideña haciendo un homenaje a la sencillez, al calor del hogar frente a una chimenea, sobre suaves alfombras de lana y a la vera de un árbol natural y artesano al que ha trepado una familia de gnomos que salió de su escondite, en una bonita finca de León, para asomarse al invierno asturiano.





Nuestra Navidad nació en verano.

A mediados del mes de agosto, mamá, Pablo y yo viajamos a León para visitar a una buena amiga, Alba Rueda, y para conocer a su chico, Álvaro. Nos llevamos una colección de ropa e hicimos un montón de fotos a mamá con todos los animales que viven con la pareja en su finca. Mamá posó con Sir William Wallace, un galgo elegantísimo y aristocrático; con Cleopatra, un águila imponente e indómita; con Maggie, una oveja de pura raza Wensleydale (especie británica de principios del XIX que se caracteriza por su gran tamaño, su cara azulada y una larga lana rizada de gran calidad) y con Cacique, el noble caballo blanco de Álvaro.

En el transcurso de nuestra visita, Alba me puso al día de cómo era su nueva vida. Nos habíamos conocido en nuestra época de periodistas, ella en la radio y yo en la prensa escrita, y hacía casi 20 años que no nos veíamos. Desde entonces, la vida de ambas había dado giros radicales. Alba se confesaba feliz en el campo, con una vida mucho más tranquila, dedicada a cuidar de sus animales, a atender la finca y a entregarse a una pasión que la tenía fascinada: la lana. Me mostró alguno de sus trabajos: tapices, alfombras, cojines, colchas, camisetas, jerséis, gorros... Todo el proceso de su elaboración lo hacía ella de forma artesanal, me contó. Cortar la lana, lavarla, secarla, peinarla, hilarla (con ayuda de una rueca), teñirla (usando siempre tintes naturales), enrollarla en madejas y tejerla. Su trabajo me fascinó. Tenía piezas sobre el sofá, sobre la cama, o guardadas en el altillo, donde había instalado su taller, realmente maravillosas. Y con la generosidad que la caracteriza, me las ofreció para nuestros escaparates.

-¿En serio? ¡Buah! Sería la caña. Me encantaría-

-Pues elige lo que quieras. Es todo tuyo, hasta la rueca, si te va bien.

Me quedé con todo el material que me había ofrecido en la cabeza y a los diez días de haberla visitado, ya de vuelta en Oviedo, le envié un WhatsApp contándole que se me había ocurrido una decoración navideña para la tienda en la que sus creaciones fueran las protagonistas. "Imagina una Navidad rústica, rural y hogareña. Quiero volver a exponer un árbol hecho con varas de avellano que había realizado hace muchos años para otro escaparate y rodearlo de lana, de calidez. En torno a él, uno de tus cojines con unas botas encima, una manta en el suelo repleta de regalos, un tapiz de fondo... Además, con el Covid-19, la moda este año es muy de andar por casa, muy deportiva y hogareña, e iría genial expuesta en ese entorno. ¿Qué te parece?"

-¡Buf! Va a ser una pasada y me hace muchísima ilusión-, me constestó.

A partir de entonces, ambas íbamos dándole vueltas a la idea y añadiendo sugerencias. Le propuse a Alba un eslogan para nuestra campaña: LaNa Vidad de El antiguo Iriarte, jugando con las palabras Lana y Navidad. Ella se mostró entusiasmada y me presentó entonces a una familia encantadora de gnomos que andan casi todo el año escondidos por su casa y que reaparecen cuando les place, generalmente, en Pascua. Eran tres pintorescos personajes con grandes conos de fieltro, largas trenzas y barbas de lana y coloridos trajes de ganchillo. También los hacía ella.



La familia de gnomos de Alba.


"Pero mis tres gnomos son muy pequeños, ya te hago algo más grande para los escaparates", anunció, y, pasados unos días, me envió una foto de Heimdall, el "Dios blanco, hijo de Odín" y Hrolleif, el "lobo viejo". "Son supervivientes de un naufragio y han aprendido a ocultarse para poder viajar sin contratiempos. Son campesinos y les gusta rellenar sus capirotes con paja para protegerse del frío (son bastante frioleros a pesar de venir del Norte) y para recordar sus orígenes. Detestan que los confundan y que piensen que todos los gnomos son iguales. Les gusta cambiar las cosas de sitio, no soportan el agua ni para beber, se preparan sus propios destilados de hierbas y bayas y a veces se emborrachan con algún fermentado y dicen que es por culpa del frío. No son nada niñeros y prefieren a sus mamás", relató Alba. A mi amiga, que crea estas criaturas por diversión y para agasajar a su amistades, le encanta idear la carta de presentación de cada personaje. Junto con Heimdall y Hrolleif, llegaron otros cuatro gnomos, algo más pequeños, algunos de barbas oscuras y gorros zurcidos.


Sir William Wallace observa de cerca a Heimdall y Hrolleif (en primer término) y a sus amigos.

En septiembre, aprovechando que vendría a Asturias para impartir un taller de tintes naturales y ecoprint en el Jardín Botánico de Gijón, mi amiga cargó en el jeep todo el material que encontró por casa para nuestra Navidad y nos lo trajo a la tienda. Desde entonces, alfombras, tapices, cojines, grandes madejas y largos vellones descansaban en el almacén de la tienda custodiados por esa cuadrilla de gnomos traviesos que no siempre se dejaban ver.

Quedaba envolver todo ese material en un ambiente propicio. Pero yo ya lo tenía todo en la cabeza. En el escaparate de la derecha, colocaríamos el árbol hecho con varas de avellano sobre algunas de las alfombras de Alba. Lana y madera. Una combinación perfecta. El árbol lo adornaríamos con unas pequeñas bolas cobrizas y con fotografías en blanco y negro de mis padres. Así es como lo tengo yo en casa y así es como lo quería exponer, haciendo un homenaje a la familia, a la gente que quiero y a la gente que me falta. Para cuidar de ellos, de los míos, invitaría a esa pequeña familia de gnomos que aparecía y desaparecía en la casa de Álvaro y Alba a colgarse de las ramas. La lana, a sus pies, y el calor de las bombillas, les darían la confortabilidad que les gustaba para que se quedaran toda la Navidad con nosotros.


El árbol hecho con varas de avellano en el que han anidado los gnomos entre fotografías de mis padres cuando eran jóvenes.


En la otra luna, la de la izquierda, pondríamos más alfombras de lana y construiríamos una chimenea de ladrillo visto para dar cobijo a esa otra pandilla de gnomos que habían sobrevivido al naufragio y que lideraban Heimdall y Hrolleif. También tendría allí cabida nuestro ciervo de bambú con una florida guirnalda al cuello. Este proyecto necesitó una excursión exhaustiva al Leroy Merlin en la que mamá, Vane y yo estudiamos materiales, posibilidades y presupuesto. Optamos por comprar papel de empapelar imitando a ladrillo y construir nuestro hogar con un módulo de madera de los que solemos tener en el escaparate, cajas de cartón y planchas de cartón pluma. Para el fuego, rescataríamos un lienzo sobre papel de estraza que había hecho hacía algunos años el pintor Enrique Pinin para otro de nuestras creaciones y que guardábamos como oro en paño en el trastero.



Nos pusimos manos a la obra. Mamá sacó sus dotes de sargento y nos instó a ir un par de tardes de días festivos a trabajar en la construcción de la chimenea "porque con la tienda abierta y con gente, es imposible". Y allá que nos pasó el mes de noviembre cortando placas de cartón pluma, empalmando los cortes del papel que imita a ladrillo para que cuadraran, pegando e ideando soluciones a los problemas que iban surgiendo. La cosa tuvo tela. Pero Vane, que es una ingeniera como la copa de un pino y una persona muy resolutiva en cuanto a chapucillas caseras, nos sacó de cada atolladero en el que nos metimos. Finalmente, nuestra chimenea fue un hecho, un gran hecho, porque es enorme, pero quedó preciosa. Ya no hay quien saque a los gnomos de ahí. Están tan a gusto que han decidido hacerse visibles para que todos podamos admirar sus largas barbas y sus capirotes puntiagudos.



Los tapices de Alba también alcanzaron para decorar los escaparates pequeños y darle a nuestra Navidad ese ambiente hogareño y sencillo que buscábamos transmitir.



Y, como broche final, Cova Fernández-Tresguerres nos sugirió hace unos días colgar en una de nuestras lunas un cuadro de su padre, Andrés Tresguerres, en el que el pintor plasmó con gran maestría un rincón que nos encanta y que está a un paso de la tienda, la esquina de las calles Fontán y Arco de los Zapatos, donde se colocan las floristas con sus puestos desde tiempos inmemoriales. No encontramos hueco entre gnomos y lanas pero sí logramos darle una ubicación que resaltara su luz y su belleza y le diera todo el protagonismo. En el interior de la tienda, tras el mostrador, en ese hueco empapelado como si fuera un bosque asturiano en invierno y que componemos como un quinto escaparate de El antiguo Iriarte, la obra que nos trajo nuestra amiga, enmarcada en dorado, encontró su lugar junto a un árbol de Navidad decorado al tono e iluminado con calidez. También añadimos al conjunto una gran bola de lana y varias hebras que nos dejó Alba para tapar los pies del árbol.


El cuadro de Andrés Tresguerres, nuestro broche final.

Así se gestó y se creó la temática de otra Navidad más junto a vosotras, en esta esquina tan nuestra de la calle Magdalena que nos encanta decorar cada año para dar luz y alegría a nuestra ciudad y a nuestro vecinos. Son escaparates sencillos que reivindican unas fiestas cálidas, acogedoras y entrañables. Sin grandes aspavientos y junto a la gente que queremos. Esa es LaNa Vidad de El antiguo Iriarte. ¡Felices fiestas!

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